Cuando saqué la Working Holiday Visa de Alemania, mi idea no era trabajar acá, sino dedicarme principalmente a viajar, que a fin de cuentas es el objetivo primordial del programa. No quería caer en la rutina de los horarios y las responsabilidades, pero al mismo tiempo no contaba con la solvencia económica para sostener un viaje de un año sin generar ningún ingreso.

Por eso encontré un punto intermedio: los programas de “work exchange“. Se trata, basicamente, de un intercambio de determinada cantidad de tiempo de trabajo por alojamiento, y en algunos casos también comida. Hay varias plataformas online donde se pueden buscar este tipo de ofertas, y en varias de ellas me hice una cuenta, pero la que más utilicé (y la que más me gusta, por el diseño sencillo y práctico que tiene) es Workaway. Se trata de trabajo “voluntario”, ya sea con familias o pequeñas organizaciones, que pueden ser empresas u ONGs.

Entre los muchos aspectos positivos que tiene este intercambio, el que quiero destacar es que te permite sumergirte de lleno en la cotidianeidad de la ciudad en la que estás, ya que convivís con locales, trabajás con ellos, y además compartís con otros viajeros, ya que es habitual que haya mas de un ayudante al mismo tiempo.

En mi caso tuve dos experiencias durante mis primeros meses en Alemania, y ambas fueron inolvidables. En éste post les voy a contar sobre la primera, que fue en un castillo en Pinnewitz.

Vamos por partes: si, es un castillo de verdad, con siglos de antigüedad y mucha historia encima, que fue comprado hace unos años por una pareja joven a un módico precio, ya que estaba en muy mal estado; Ellos lo están renovando de a poco, y armando departamentos para alquilar a turistas. ¿Dónde queda? Pinnewitz es un pueblo muy chiquito del este alemán, a unos 40 km de Dresden.  ¿Qué hice ahí? ¡De todo! El anuncio en Workaway aclaraba que necesitaban gente con ganas de trabajar ya que había muchísimo para hacer, así que no fue ninguna sorpresa encontrarme con tantas cosas por delante. ¿Cuánto tiempo estuve ahí? 3 semanas, pero si no fuera porque tenía muchos planes para los meses siguientes, me hubiera quedado más, ya que fue una experiencia hermosa. ¿Cuánto antes coordiné éste workaway? Mucho antes. A veces pasa que se pueden encontrar voluntariados a último momento, pero también hay otros host que prefieren planificar. En mi caso, estaba aún en Buenos Aires haciendo los trámites para la visa cuando empecé a buscar posibles ofertas. Tenía en claro que no quería quedarme sólo con las grandes ciudades y los puntos turísticos clásicos, sino que quería conocer “el interior” del país, y buscando con esos lineamientos llegué a este aviso. Me contacté con Mandee, una mujer joven y muy amable, con quien intercambiamos un par de correos, acordamos una fecha, y seguimos a partir de ahí en contacto por whatsapp.

Cuando llegué, yo era la única workawayer. Entre los varios “departamentos” del castillo, tienen en el primer piso uno que es exclusivo para helpers, con dos habitaciones y un baño. En uno de los dormitorios se estaba quedando un amigo de Stefan -el marido de Mandee- quien los estaba ayudando con un tema de cañerías. A mi me tocó el segundo dormitorio, más pequeño, con sólo dos camitas. A los pocos días de estar ahí, éste amigo se fue, y luego llegaron más ayudantes con los que compartí las siguientes semanas: 3 chicos, un inglés, un estadounidense, y un francés. Los tres se instalaron en la otra habitación, por lo cual yo tuve siempre mi dormitorio privado.

Al principio me resultó abrumador. El primer día me pusieron a trabajar en el jardín, con lo cual no tenía nada de experiencia, y me encontré con unas simpáticas plantitas (una variedad de lo que nosotros conocemos como ortiga) que me dejaron los brazos y los pies picando por días (era verano, hacía calor, y yo estaba todo el día en ojotas… mala idea para trabajar en el jardín!) La rutina diaria consistía en reunirnos todos en la mesa del jardín alrededor de las 11 AM para un brunch suculento, que generalmente preparabamos los helpers, y a partir de ahí comenzaba el trabajo. Todos los días había algo distinto para hacer. La propiedad es enorme, y más allá del edificio principal tiene otras construcciones, un patio muy grande, y hasta animales: cabras y ovejas. Una de mis tareas diarias era darle un biberón de fórmula al cabrito bebé, ya que la mamá se había quedado sin leche.

El trabajo continuaba hasta las 4 o 5 de la tarde, cuando nos sentabamos a comer. Este almuerzo/merienda a veces era dulce y otras veces salado. Y después de esta pausa, siempre había algo más para hacer hasta la hora de la cena. Quizás suena muy duro, pero no lo era. En primer lugar, la familia que lleva adelante el proyecto del Schloss Pinnewitz es encantadora: en Mandee, que no es mucho mayor que yo, encontré una gran amiga, y Stefan, si bien habla muy poco inglés (y mi alemán recién llegada era nulo) siempre está dispuesto a explicarte todo con mucha paciencia, así como a mantener largas charlas de sobremesa, traducciones mediante. Ah! y en la cena nunca faltaban unas cervecitas o un vino, que siempre ayudan a aflojar la lengua. Además tienen una niña, que cuando yo llegué acababa de cumplir un año, que es un sol: una de mis principales tareas, cuando fui entrando en confianza con la pareja -y sobre todo por ser la única mujer del grupo- era cuidar a Aurelia, y nos divertíamos muchísimo jugando juntas. Y para completar la familia, dos perros, uno más hermoso que el otro: Alma, una golden rubia preciosa, y Otto, un callejero que te compra con una sola mirada.

Tanto Mandee como Stefan trabajan muy duro todo el día. Ella es arquitecta, y es la que lleva adelante los planos y las ideas para la remodelación, pero con una nena tan chiquita se le complicaba dedicarse de lleno al trabajo. Stefan es un poco mayor que ella, y se dedicaba a la compra y venta de antigüedades, por lo que este proyecto es ideal para él. Además, es muy inteligente y muy hábil con el trabajo manual, desde construcción y carpintería hasta trabajo de granja.

La carga horaria en las labores diarias que ver, más que nada, con que una vez que estás ahí pasás a ser parte de ésta familia, de su rutina y de su cotidianeidad. En el día a veces cortaba leña (como podés ver en la foto), quizás trabajaba un poco en el taller de carpintería (hice un banco de plaza de colores para Aurelia que quedó hermoso, en hierro y madera, y me encantó aprender a usar tantas herramientas y poder llevar adelante un proyecto de principio a fin), a veces había algún departamento para limpiar -de los que ya estaban remodelados y se alquilaban al turismo-, preparaba el desayuno y/o la cena, le daba la mamadera al cabrito, me metía un rato en la pileta si hacía mucho calor, jugaba con la nena en el pelotero o la paseaba en el cochecito para hacerla dormir la siesta, cepillaba a Alma que siempre perdía muchísimo pelo, juntaba frutas de los árboles, la acompañaba a Mandee a hacer las compras…

Los días libres eran los domingos, y a veces el sábado o el lunes, depende la semana. Pero a menos que me fuera a algún lado (aproveché a pasar un fin de semana en Dresden, y también a conocer Meissen, otra ciudad cercana de estilo medieval, famosa por su porcelana) la vida en la casa no cambiaba mucho: también comíamos juntos, también disfrutaba de la pileta si el clima acompañaba, y nunca me perdía la oportunidad de tirarme al piso a jugar con Aurelia y los perros.

Las tres semanas que pasé ahí fueron inolvidables, para mi fue una experiencia única y maravillosa, no sólo por todo lo que aprendí (desde usar herramientas hasta mis primeras palabras en alemán) sino también por las comidas deliciosas que cocinaba Mandee a diario (muchos platos alemanes tradicionales, uno más rico que el otro) pero sobre todo porque encontré una familia maravillosa que me recibió con los brazos abiertos. La despedida fue difícil, con muchos abrazos y promesas de volver a vernos, y muchos regalos que reflejaron el cariño mutuo que nos tenemos. La pasé tan bien que está en mis planes volver, en algún momento, a pasar algunas semanas mas con ellos.